INVITACION
Jueves 26 de mayo de 2011, 19,30 hrs., en Casa Memoria, Fundación José Domingo Cañas (Av. José D. Cañas 1367 - Ñuñoa,
altura J.M.Infante)
Charla Acerca de las AFP
Con el economista Manuel Riesco
Todos invitados
Centro Cultural Cordillera
Ñuñoa - Santiago
domingo, 22 de mayo de 2011
Invitacion Charla Manuel Riesco acerca de AFP
jueves, 19 de mayo de 2011
Análisis Crítico a la obra Nerudiana
Análisis Crítico a la obra Nerudiana
Pablo Neruda - por Raúl Silva Castro
Al año 1921 remonta su conocimiento por el público de Santiago [1] . Era un niño en esos días, y llegó a la capital para estudiar en el Instituto Pedagógico, con unos cuadernos de versos debajo del brazo y envuelto todo él en un aspecto de turbia y acre tristeza. Publicó en 1923 su libro Crepusculario; escribió en revistas de todas clases, particularmente en Claridad; estudió y vivió; fué combatido y
negado por muchos y aplaudido por pocos. Su obra era y es extraña, apta para desorientar. En el libro mencionado se oye balbucear cosas grandiosas a un poeta que no posee aún enteramente su lengua ni sabe todavía en forma clara lo que quiere ni a dónde va. No debe engañarnos el signo. Es la actitud propia de quien ha escrito desde la niñez, junto con aprender a trazar garabatos, para obedecer a la voz íntima que se llama vocación. Más tarde vendrán las premeditaciones y la autocrítica a depurar y hacer coherentes esos ensueños y formas. Sin embargo, a pesar de las vacilaciones de la adolescencia, en Crepusculario hay iluminaciones sorprendentes. En una Sensación de olor el poeta, nostálgico, se vuelve al pasado para hallar emoción:
... Y a lo lisos campanas, canciones, penas, ansias,
vírgenes que tenían tan dulces las pupilas...
Fragancia
de lilas....
Pero también de su vida contemporánea podía extraer temas para el canto:
Hoy que danza en mi cuerpo la pasión de Paolo
y ebrio de un sueño alegre mi corazón se agita;
hoy que sé la alegría de ser libre y ser solo....
("Ivresse")
Versos en los cuales hallamos ya los rasgos tónicos del gran poeta que se envuelve en la capa de normalista, por entonces colgada de sus hombros. Ha llegado al encuentro de la vida con un apetito de infinitud y quiere tocar todos los límites anticipadamente. Nacen así sus poemas de amor loco, en los cuales topamos expresiones de sensualidad suma:
Dulce rodilla desnuda
apretada en mis rodillas....
("Morena la besadora");
de tristeza ejemplar y duradera:
Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.
Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.
...............................................
Ya no se encantarán tus ojos en mis ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor....
Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor
.................................................................................
Yo me voy. Estoy triste; pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy....
("Farewell");
de filosofía desencantada y gemebunda, como la voz del Eclesiastés:
Todo se va en la vida, amigos.
Se va o perece.
Se va la mano que te induce.
Se va o perece.
Se va la rosa que desates.
También la boca que te bese.
(Los Crepúsculos de Maruri. "Mariposa de Otoño");
de fresco v sensual panteísmo:
Ambar del sol, quiero divinizarte
en la flor, en el grano y en el vino.
("Sinfonía de la trilla")
En el mismo libro se contiene un poema extenso; acaso el más extenso de cuantos ha escrito Pablo Neruda, Pelleas y Melisanda, trazado bajo el influjo evidente de Maeterlink, pero que también revela lecturas de Knut-Hamsun [2] . En él Neruda cuenta el amor de Peleas y Melisanda con un tono penetrante, transido de pasión, que no puede leerse sin un estremecimiento:
Melisanda la dulce se ha extraviado de ruta;
Pelleas, lirio azul de un jardín imperial,
se la lleva en los brazos, como un cesto de fruta.
Todo el fragmento del poema que se titula El coloquio maravillado es de una belleza peregrina, como un cuadro prerafaelita:
Melisanda
En tus brazos se enredan las estrellas más altas.
Tengo miedo. Perdóname no haber llegado antes.
Pelleas
Una sonrisa tuya borra todo un pasado;
guarden tus labios dulces lo que ya está distante.
Melisanda
En un beso sabrás todo lo que he callado.
Pelleas
Tal vez no sepa entonces conocer tu caricia
porque en las venas mías tu ser se habrá fundido,
Melisanda
Cuando yo muerda un fruto tú sabrás su delicia.
Desgraciadamente esta tensión suprema no puede mantenerse mucho tiempo, y los fragmentos finales del poema, especialmente Canción de los amantes muertos, adolecen de cierta mecanicidad, disculpable porque el poema ha encantado ya al lector por su emoción y su sinceridad, y bajo ese encanto se lee todo con deleite y entusiasmo.
Este libro, Crepusculario, que despertó una justa expectación de la crítica es, sin embargo, hijo de la adolescencia. En 1919, cuando el poeta trazó la mayor parte de los poemas de que se compone, no contaba sino quince años de edad. Había vivido siempre en la provincia austral, y había comenzado a rimar cuando, niño aun, apenas sabía garabatear En contacto con la ciudad populosa, después de lecturas más abigarradas y de experiencias pasionales no poco intensas, iba a dar una poesía de más alta presión. En 1924, a los veinte años, nacieron los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Hay ya en las páginas de este libro una maestría que puede parecer inconciliable con la edad. Si en los versos anteriores daba Neruda impresión de fuerza y de robustez incipientes, en el segundo libro estas cualidades crecen y aparecen maduras ya para el arte. A ellas se agrega una sensualidad altanera, desafiante, un entusiasmo por la vida sexual que el poeta parece haber bebido en Walt Whitman, al que había leído con interés, pero del cual no se encuentran huellas directas en Veinte poemas. También adquiere una novedad de imágenes sorprendente. En el primer poema dice, por ejemplo:
Fui solo como un túnel,
y para elogiar a la mujer encuentra comparaciones y metáforas de rara belleza y, a veces, de deslumbrante interés:
Tienes ojos profundos donde la noche alea.
Frescos brazos de flor y regazo de rosa.
Se parecen tus senos a los caracoles blancos.
Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra.
(Poema núm. 8.)
En torno a mí estoy viendo tu cintura de niebla
y tu silencio acosa mis horas perseguidas,
y eres tú con tus brazos de piedra transparente
donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida.
(Poema núm. 3.)
Apegada a mis brazos como una enredadera....
(Poema núm. 6.)
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
(Poema núm. 15.)
Hay en las expresiones que he copiado algunos detalles de poética que merecen alguna atención. Es frecuente que los poetas comparen los ojos negros a la noche; pero Neruda renueva la imagen notando que en ellos «la noche alea». Los motivos que le da la desnudez de la mujer son casi siempre admirablemente aprovechados por este poeta, al cual sin forzar el sentido de las palabras se le podría llamar el poeta de la desnudez. Ya se le vió en Morena la besadora aludir con frenesí doliente al cuerpo de la mujer que le ha dado su amor; en el poema primero de este libro dice más y dice mejor:
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
¡Ah los vasos del pecho! ¡Ah los ojos de ausencia!
¡Ah las rosas del pubis! ¡Ah tu voz lenta y triste!
De este amor carnal, «que se reparte en besos, lecho y pan», extrae Neruda la esencia de que están impregnados sus poemas. Es una esencia fuerte, inquietante, perturbadora, que parece nueva en la poesía chilena. En los momentos de angustia, el poeta sabe clamar con voz frenética: pide eternidad al momento que huye, quiere perpetuar en los versos que le brotan, como las hojas a las plantas, la emoción del lecho revuelto, el latido de la vena presurosa, la fiebre y el desmayo de la cópula:
Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.
Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo
en que nos anudarnos y nos desesperamos.
Y la ternura leve corno el agua y la harina.
Y la palabra apenas comenzada en los labios.
(Una canción desesperada.)
De esta tensión están llenos casi todos los poemas de este libro. En páginas anteriores hemos visto a Magallane Moure cantar también el amor. ¡Qué distancia entre Neruda y el poeta que moría maduro precisamente en los años en que aquél comenzaba a ser conocido en Santiago! Magallanes es académico, por decirlo así, en la expresión de sus ansias y de sus ternuras. No habla propiamente del amor sexual, del combate cuerpo a cuerpo en que batallan los sexos tanto, por lo menos, como las almas, sino del proceso psicológico y sobre todo de las etapas precursoras del encuentro. Le interesan las citas, las reconciliaciones, los paseos solitarios, las cartas que se cambian los enamorados, los recuerdos con que alimentan su pasión; ve en la naturaleza formas que le evocan la ternura de la mujer amada; viste a la vida en torno del color de su esperanza. Neruda, en tanto, nos lleva hasta el recinto mismo en que un hombre y una mujer se han amado, y elogia la desnudez que no parece cansarse de contemplar, el abandono, la angustia, la pasión brutal que salta y muerde. Hay a veces menos cuidado en estos versos que en los de Magallanes, y entre los que he citado, el lector habrá podido ver algunos de medida caprichosa, que un preceptista tacharía indignado. Pero dejemos el estudio de la forma métrica para otra oportunidad. Detengámonos un momento en el espíritu que, como levadura, ha levantado esta masa verbal. Hay en la angustia frecuente de las palabras de Neruda el tormento de ver que el placer huye y de que el alma se ha quedado sin saciar:
Triste ternura mía, ¿qué te haces de repente?
Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
mi corazón se cierra como una flor nocturna.
(Poema núm. 13.)
Otras veces el poeta piensa que a él mismo le toca desear que así sea todo en el amor:
Líbrame de tu amor, mujer lejana y bella que por bella
y lejana me dueles cada día.
Rompe las claras cuerdas, suelta las blancas velas
del barco que aprisionan tus manos todavía.
Y oh minuto no vuelvas a ser como ahora fuiste.
Mi alma errante y nostálgico a toda sed se enreda.
¡El mar inmenso y libre para nadie es más triste
que para un barco atado por anclas de oro y seda!
(Poema núm. 9.)
Pero el tono doliente predomina, y por él venimos a advertir que el poeta pone en su amor una dosis de atención extraordinaria. Quiere amar hasta el agotamiento, exprimir la fruta jugosa hasta su última gota, hacer de la pasión una gloria y un tormento. Lo consigue. La ternura lo hace balbucear palabras simples y de sintaxis esquemática, que velen por el más elocuente discurso:
Pero tú, clara niña, pregunta de humo, espiga.
Era la que iba formando el viento Con hojas iluminadas,
Detrás de las montañas nocturnas, blanco lirio de incendio,
ah, nada puedo decir! Era hecha de todas las cosas.
Ansiedad que partiste mi pecho a cuchillazos,
es hora de seguir otro camino, donde ella no sonría.
Tempestad que enterró las campanas, turbio revuelo de tormentas,
para qué tocarla ahora, para qué entristecería.
(Poema núm. 11.)
Hay un oscuro delirio traducido en estas palabras inconexas, en estas voces que surgen sin concierto, a veces contradictorias, y por las cuales adivina uno la presencia de una oculta llama de amor, de un amor tan vibrante, tan elocuente, sentido con tanta hondura, que prefiere el sollozo a la voz y el alarido al sollozo. Y otras veces, más simple y más claro, logra hacerse accesible a todos dentro de su sombría tesitura verbal:
He dicho que cantabas en el viento
como los pinos y como los mástiles.
Como ellos eres alta y taciturna.
Y entristeces de pronto como un viaje.
(Poema núm. 12.)
Alguna vez en un verso solo, perfecto en su sencillez, traduce su amor con tono elevado y contenido:
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
(Poema núm. 6.)
Pero estas historias de amor, estos episodios fragantes, tienen la angustia aneja y hieren de melancolía el corazón del poeta. No es claro Neruda para traducir estos sentimientos profundos, que nadie osa confesar y que pocos podrían disecar en un análisis:
Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
turbia embriaguez de amor, ¡todo en ti fué naufragio!
En la infancia de niebla mi alma alada y herida.
Descubridor perdido, ¡todo en ti fué naufragio!
....................................................................................
Era la negra, negra soledad de las islas,
y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.
....................................................................................
Mi deseo de ti fué el más terrible y corto,
el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.
(Una canción desesperada.)
Con estas notas de cósmica angustia, de inexorable melancolía, en que el poeta aspira a traducir «la oscura ebriedad de su alma», termina el libro. Neruda se ha confesado a sí mismo. No cuenta historia alguna, sino que canta sus sentimientos en un tono casi siempre frenético. No ha buscado el amor para obtener de él una pálida satisfacción, un bienestar epidérmico y liviano. Al contrario; ha ido a su encuentro con el alma en tensión, ansioso de sufrir, de ver desgarradas sus ilusiones y de lamentar, en la lejanía, en la ruptura, en el olvido y en la saciedad,- la experiencia renovada siempre. No parece posible que un alma humana se enriquezca más que ésta con la pasión de todas las horas.
Después de la tensión pasional de Veinte poemas, Pablo Neruda hizo un paréntesis y entregó dos libros de prosa. Uno, Anillos, mezcla páginas de él y de su amigo Tomás Lago, que desde entonces adquirió cierta nombradía como poeta de la prosa. La prosa de Neruda, en oposición a los versos de que hemos hablado más atrás, está escrita con olvido o prescindencia de toda temática. Describe generalmente la naturaleza y alude, de vez en vez, a recuerdos pasionales del autor, con cierta contención casta y de buena compañía. En su tono, estas páginas conservan sin embargo algunos rasgos de la alta presión de los versos contenidos en Veinte Poemas, pero traducida, traspuesta a otra escala de valores. Veamos un ejemplo:
Lluvia, amiga de los sopladores y los desesperados, compañera de los inactivos y los sedentarios, agita, triza tus mariposas de vidrio sobre los metales de la tierra, corre por las antenas y las torres, estréllate contra las viviendas y los techos, destruye el deseo de acción y ayuda la soledad de los que tienen las manos en la frente detrás de las ventanas que solicita tu presencia. Conozco tu rostro innumerable, distingo tu voz y soy tu centinela, el que despierta a tu llamado en la aterradora tormenta terrestre y deja el sueño para recoger tus collares, mientras caes sobre los caminos y los caseríos, y resuenas como persecuciones de campanas y mojas los frutos de la noche y sumerges profundamente tus rápidos viajes sin sentido. Así bailas sosteniéndote entre el cielo lívido y la tierra corno un gran huso de plata dando vueltas entre sus hilos transparentes. (P. 55-56.)
Tienen una belleza extraña estos fragmentos de prosa, en que un ritmo lento, de entonación difusa y grandilocuente a trechos, es el reflejo de la aguda tensión espiritual con que el poeta se asoma al espectáculo del mundo. No siempre se entiende lo que el poeta quiere decir; pero es difícil negar belleza al ritmo, imposible resistirse hasta el fin a la sugerencia sombría que de allí se exhala. Todo el libro transcurre en una atmósfera húmeda, la de los campos del Sur, donde el poeta vivió los años de la niñez y de la adolescencia y de la cual se ha hecho intérprete en verso y prosa. El viento, la lluvia, el ruido de las olas, los ríos anchos, los vaporcitos fluviales, el frío, la soledad, el cielo nublado: tales son los temas sobre los cuales resbala esta prosa sonora y no siempre inteligible. Es en realidad toda ella un elogio de la provincia:
Provincia de la infancia, desde el balcón romántico te extiendo como un abanico. (P. 43.)
De allí a veces un aire de nostalgia, lento como un vals:
Cómo no recordar tanta palabra pasada. Besos desvanecidos, flores flotantes, a pesar de que todo termina. El niño que encaró la tempestad y crió debajo de sus alas amarga la boca, ahora te sustenta, país húmedo y callado, como a un gran árbol después de la tormenta. (P. 45.)
Después de la vida intensa, después de los amores de la ciudad, que huyen como el humo, la provincia es fiel y aguarda:
Región de soledad, acostado sobre unos andamios mojados por la lluvia reciente, te propongo a mi destino como refugio de regreso. (P. 46.)
Es el tema de Peer Gynt: el hombre audaz, el explorador del mundo, el aventurero, regresa a la casa natal cuando el otoño ha caído sobre las sienes y el pelo blanquea y los pies vacilan. Allí encontrará la paz que el mundo no le diera; allí también lo encontrará la muerte que no busca. Todo esto tiene una belleza romántica que se destiñe a veces como una alegoría lejana y que otras vibra como una hoja de metal percutida por el dedo experto del cazador de imágenes:
Atardecer lleno de enamorados, hora florida de nostalgia, tu luz temerosa cae sobre los parques y les besa las bocas prendidas, y los caminantes retrasados levantan las viseras hacia tu espectáculo tan vasto.
De repente borras tus figuras y salpica el oleaje de los grandes mares.
La fiesta se adelgaza. Disminuída, no es más que un surtidor, y no es más que una hoja, y no es más que una ranura de aceite entre las aguas inundadas.
Detrás del día extinguido, atardecer, triste y negro palanquero de luto, agitas, estiras las largas manos, las rodillas vencidas, y te extiendes de golpe sobre el convoy de la noche violenta. (P. 67.)
Es una manera nueva de cantar los sucesos cotidianos, la fiesta de la luz y el misterio de las horas selectas. Otro poeta, en otro tiempo o retrasado en el presente, habría obtenido de la sensación de atardecer un fruto más conocido, imágenes de menor novedad y no pocas palabras adocenadas. Pablo Neruda se impuso una tarea muy diferente y mucho más difícil, y triunfó.
También en prosa fué escrita su única novela, El habitante y su esperanza, especie de conjunto de poemas parecidos a los Anillos, y precedida de un prólogo muy interesante. Desde luego, el autor confiesa que «no le interesa relatar cosa alguna», y agrega:
Yo tengo un concepto dramático de la vida, y romántico; no me corresponde lo que no llega profundamente a mi sensibilidad. (P. 8.)
La confirmación de esas palabras puede verse en los trozos que hemos transcrito en estas páginas: el poeta en lucha con el verbo, para traducir sus emociones, sus vitales inquietudes, el poeta herido de amor, no cede jamás al estilo fácil, a la adocenado visión de la vida que podría evitarle dudas y titubeos. El habitante y su esperanza tiene todo lo que el autor prometiera En sus páginas hay seres que viven una existencia peligrosa, robando animales y burlando a la policía campestre, y todo aquello transcurre en la región austral, en medio de una naturaleza jugosa, que humedecen constantemente las lluvias. No se espere, sin embargo, encontrar una novela como las corrientes. Hay en ella abundancia de monólogo interior, y los hechos de los personajes están aludidos de soslayo, no narrados en forma directa.
Finalmente, ese mismo año dió Pablo Neruda su último libro, el que contiene sus más extrañas e inasibles páginas, Tentativa del hombre infinito, poema dividido en estancias irregulares. Todo en él es poco usual. No se ha contentado el autor con suprimir en las páginas la numeración, empresa que había cumplido ya en sus anteriores libros poéticos, sino que también suprimió las mayúsculas y todas las puntuaciones. El libro comienza, en efecto, en la siguiente forma:
hogueras pálidas revolviéndose al borde de las noches
corren humos difuntos polvaredas invisibles
Si el lector quiere, puntúa y halla un sentido. Es posible que no encuentre tampoco un sentido cabal, como el que necesariamente ofrecen los libros de prosa, los relatos históricos, las proposiciones corrientes y molientes que se escriben todos los días. Pero eso no importa al poeta. Ha querido seguramente, en mayor grado que en El habitante y su esperanza, dar paso hasta su literatura al monólogo interior, y así nació este poema curioso y audaz. Cuando uno parecía haber dado con la clave de esta descripción onírica, el poeta tuerce de pronto el rumbo e introduce en su verso una expresión ajena, que no guarda relación lógica alguna con lo ya leído ni con lo que viene luego. Como Gide, parece empeñado en que no se le comprenda tan pronto [3] :
no sé hacer el canto de los días
sin querer suelto el canto la alabanza de las noches
pasa el viento latigándome la espalda alegre saliendo de su huevo
descienden las estrellas a beber al océano
tuercen sus velas grandes buques de brasa
para qué decir eso tan pequeño que escondes canta pequeño
Etcétera. No es fácil introducir divisiones en este poema, donde las viejas amarras de la sintaxis, con su cortejo de puntuación y con sus categorías de minúsculas y mayúsculas, han sido rotas. El espacio que en libros anteriores habla sido ocupado por este poeta con una materia elaborada en vigilias atentas, alerta la atención y seguro el gusto, ha sido entregado aquí, al parecer, a la materia informe, a los sueños sin orillas precisas, a la ilusión y al balbuceo.
Y con esta impresión de desconcierto se cierra para nosotros la poética de Pablo Neruda. Después de Tentativa del hombre infinito, el poeta salió a viajar por el mundo, y de la India, de la Indochina y de Java envió a las revistas chilenas e hispanoamericanas muchos poemas de nueva factura, en que se anuncia una vuelta a lo temático. Se parecen más los versos de Residencia en la tierra –título con que agrupa estos nuevos poemas inéditos- a los fragmentos de Veinte poemas que a los de la Tentativa, y en ellos intervienen la exasperación sexual del poeta, ya conocida, y sensaciones de olor, de gusto, de olfato, halladas en la tierra oriental y sobre los mares amarillos. Con su carga de emoción, con su angustia humana siempre a cuestas, Pablo Neruda es el gran poeta joven de Chile, y bien difícil será quitarle el imperio que ganara, apenas adolescente, cuando llegó a Santiago a estudiar y a vivir.
en: Retratos Literarios. Santiago: Ediciones Ercilla-Contemporáneos, 1932.
_______________________________
[1] Nació en Parral el 12 de Julio de 1904.
Obras: La canción de la fiesta, 1921; Crepusculario, 1923 (hay segunda edición en 1926); Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 1924; Anatole France. Páginas escogidas, Selección de Pablo Neruda, 1924; Tentativa del hombre infinito, 1926; Anillos, prosas de Pablo Neruda y Tomás Lago, 1926; El habitante y su esperanza (novela), 1926.
[2] En la novela Pan de este autor hay un cuento intercalado en el cual se narra un episodio de amor parecido al tema de este poema.
[3] Andrés Gide, Les caves du Vatican.
Charla Acerca de las AFP
domingo, 15 de mayo de 2011
"Estigmas Desechos" de Mónica Angelino en PDF & Libro
El diseño integral y la diagramación es de Mirta Dans y la producción es de Ediciones Recitador Argentino, Buenos Aires, marzo de 2011. Hemos agregado enlaces de ida y vuelta desde el índice a los poemas y viceversa para una navegación más cómoda por el documento.
Ha sido a través de Editorial Artesanal Kereme, General Rodríguez, provincia de Buenos Aires, que se editó en soporte papel a principios del corriente año.
Quedamos desde ya agradecidos a quienes quieran y puedan difundir esta información.
Buenos Aires, la Argentina, mayo de 2011
Puede descargarse en
http://www.revagliatti.com.ar/col_carpe.htmlhttp://www.issuu.com/recitador/docs/estigmas_desechos-ehttp://www.revagliatti.com.ar/act0311/Estigmas-Desechos-e.pdf
http://www.calameo.com/books/0006480680a1d30f7a45f
http://poesiafondoscuro.blogspot.com/
http://rolandorevagliatti.blogspot.com/
http://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti
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Invitaciones a Semana por la Patagonia sin represas en librería Le Monde Diplomatique y otras actividades
Semana Cultural en Defensa de La Patagonia Chilena Sin Represas
Del 16 al 20 de mayo cada día a las 18 horas en la librería Le Monde
Diplomatique San Antonio 434 local 14. (Entrada liberada)
-Lunes 16 de mayo: Apertura 18:00 Hrs:
JESÚS HERREROS: Visión Ética de la controversia de HidroAysén
ALONSO NÚÑEZ: Músico Trovador; canción La Rabia"
-Martes 17 de mayo a las 18 horas:
PHILIPPE GITTON: Diaporama: La Patagonia Prístina
NICASIO LUNA: Cantante Gaucho Patagónico
-Miércoles 18 de mayo a las 18 horas:
CARLOS GARRIDO: Charla Informe Reunión Directivos Enel-Italia"
NICASIO LUNA: Cantante Gaucho Patagónico
-Jueves 19 de mayo a las 18 horas_
JOAQUÍN CHOEKEMAN: Escritor y Poeta Patagónico más NICASIO LUNA
-Viernes 20 de mayo a las 18 horas siempre en San Antonio 434:
Cierre Debate y Desfile Cultural.
Organiza Movimiento Por la Defensa de la Patagonia
Documentales:
Martes 24: Documental NGUENEN: EL ENGAÑO
Martes 24 de mayo a las 18 horas en la librería Le Monde Diplomatique San
Antonio 434 local 14. (Entrada liberada)
Miércoles 25 de mayo: "Adios, a los niños", de Louis Malle
Miércoles 18 de mayo a las 18 horas en la librería Le Monde Diplomatique
San Antonio 434 local 14. (Entrada liberada) Invita Uabierta
Más actividades: http://www.lemondediplomatique.cl/AGENDA-Encuentros.html
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Carta abierta de Luis Sepúlveda al Presidente Piñera:
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Nuevo libro: LA REBELIÓN ÁRABE
En venta a $2.950 en quioscos, librerías, FERIAMIX y librería de Le Monde
Diplomatique, San Antonio 434, local 14 y en internet en:
http://www.editorialauncreemos.cl/
ALGO DE HUMOR NO HACE MAL
El Hipocondríaco
Un hipocondríaco va al médico y le pregunta:
- Doctor, mi mujer me traicionó hace una semana y aún no me han salido
los cuernos. ¿Será falta de calcio?
Vasectomía
Un hombre va a ver al urólogo y le dice que quiere hacerse una vasectomía.
- El doctor le dice:
- Sr. es una decisión muy grande, lo ha comentado con su esposa e hijos??
y el señor le contesta
- Sí.. se puso a votación y quedó 17 a 2.
La Plaquita
En el consultorio, el paciente le muestra a su médico los resultados
de sus análisis. El médico los analiza con cara de preocupación y le
dice al paciente:
- Vamos a tener que mandarle a hacer una plaquita...
- ¿De tórax, Doctor?
- No.... de mármol...
Lifting
Una francesa se hace estirar todo: la nariz, la piel de la cara, etc.
.... Finalmente, el cirujano le pregunta:
- ¿Desea la señora algo más?
- Si.. Quisiera tener los ojos más grandes y expresivos.
- Nada más fácil, señora. Enfermera: traiga la cuenta, por favor.
Con el pediatra
Una mujer lleva a un bebé recién nacido al doctor. La enfermera los
hace pasar al consultorio..
Cuando el médico se presenta, examina al niño, lo mide, lo pesa y
descubre que está debajo del peso normal. Pregunta si lo alimenta con
biberón o con el seno materno.
· Seno materno, responde la señora.
· Por favor señora -dice el doctor- descúbrase los pechos.
La mujer obedece, y el médico toca, aprieta, palpa y oprime ambos
pechos, en un examen detallado. Luego le indica a la señora que se
cubra y le dice:
· Con razón el niño pesa poco señora, usted no tiene leche.
· Ya lo sé. Soy su abuela, pero estoy tan contenta de haber venido!.
sábado, 14 de mayo de 2011
Participa en la Capacitación de técnicas de construcción en Tierra
1. Participa en la Capacitación de Técnicas de construcción en Tierra que se realizará del 23 al 26 de mayo de 2011:
2. Convocatoria Escuela de Guías del Patrimonio 2011
http://www.patrimonionuestro.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=299&Itemid=1
Escuela Taller de Artes y Oficios Fermín Vivaceta
Webs: http://www.elsitiodeyungay.cl/ / http://www.patrimonionuestro.cl/
Correo: escuelatallerbarrioyungay@gmail.com
Facebook: Escuela Taller Fermín Vivaceta
Twitter: @escuelatallerfv
viernes, 13 de mayo de 2011
Invitación a la lectura de Rainer María Rilke; Gabriela Mistral
Invitación a la lectura de Rainer María Rilke; Gabriela Mistral
Ya se cerró el ojo de lo sobrenatural en lo natural de Rainer María Rilke. Su muerte ha desatado su traducción al francés, y mes a mes entregan las editoriales algún libro suyo. Más le hubiera valido darle antes la alegría de esta expansión en la lengua que él amó sobre la suya: la francesa. El no leyó en francés sino una selección de Les Cahiers de Malte Lauridis Brigge.
Aunque le importaba poco a este ultra aristócrata, amador
de todas las tierras por donde ambuló, y desdeñador de las camarillas que hacen la fama como un objeto de caucho químico en cualquier tierra, él no habría mirado con indiferencia su mediana gloria francesa en 1927.
Todavía asoman, de tarde en tarde, en el mundo fétido de la literatura, algunos casos de amistad literaria genuina que se sitúan bajo el signo de las amistades próceres Carlyle-Emerson o Goethe-Eckermann. Su encuentro a un goce de planta rezagada de su estación. Porque eso también se va.
Rilke supo hacer en Francia dos amigos cabales en Edmond Jaloux y Paul Valéry. Jaloux pasa por desdeñador de la literatura francesa, a fuerza de ser el mejor crítico de las literaturas extranjeras; empieza a sufrir ataques de los "imperialistas de la lengua francesa". Lleva diez años de señalar con cita insistente a Rilke como el primer escritor de raza alemana de su tiempo, y acaba de publicar un folleto sobre él. Valéry ha correspondido a Rilke con admiración de sus traducciones en alemán.
Todavía huelen a gases asfixiantes los ambientes literarios francés y alemán, y los nuevos valores del otro lado del Rhin tienen que repechar, caminando hacia Francia, y no digo los franceses, para alcanzar Berlín.
Yo me quedo sin creer en el monopolio latino de la obra maestra, según el canon de Daudet. El Espíritu Santo ha tenido el buen gusto de no levantar residencia visible en ninguna de las capitales intelectuales de Europa xenófoba, y se muda en brinco desconcertante de Rusia a la India, a Inglaterra, a Francia y... a Estados Unidos
Rilke nació de familia noble en Praga, hacia 1875. Sus retratos y un buen busto suyo, nos dan un hombre enjuto, delgada flecha de la vida, de frente amplia, ceja dura que el párpado bajo suaviza, mejilla casi seca; boca viril, algo gruesa, el bigote mongólico, de no ser rubio. (El ojo, dicen, era claro y muy dulce).
El quiso dejarnos también, como La Rochefoucauld, su medalla un poco menos complacida, por cierto, que la del francés.
"En el arco de los ojos, la persistencia de la antigua nobleza. En la mirada, todavía, el miedo y el azul de la infancia; la humildad aquí y allá, no la del lacayo, sino la del servidor y la de la mujer. La boca, en la forma grande y precisa de boca, no persuasiva, pero expresando la rectitud. La frente sin maldad y voluntariosa, en la sombra de una cara inclinada en silencio".
"Como de la mujer", dice Rilke, sin temor de que la comparación le desminuya. Se le ha llamado el poeta del niño y de la mujer. Mejor que los sensuales nos entendió: ya se dijo que el que mucho se aproxima a un objeto deja de verlo. Para amar al niño le ayudó la memoria de su infancia. ¿No viene del olvido de ella el endurecimiento en que acabamos? Rilke se recuerda niño con una ternura maravillosa, y esto lo libró de la monstruosidad que es ser adulto entero, hombre o mujer absoluto, sin la franja de oro de ninguna puerilidad, sin una arenilla extraviada de los cinco años, en el corazón viejo.
Los pocos escritores a quienes se acercó y dejó que se le acercaran en París, recuerdan a un hombre de una distinción extraordinaria, con maneras de rey (si los reyes las tuvieran a su medida), con el espíritu verdaderamente derramado en su cuerpo y su gesto. Su amistad fue superior, difícil, como que en ella gastaba él la misma materia preciosa que en un capítulo o en una estrofa.
"Lo que significa una hora pasada con Rilke, como antes una pasada con Proust, no se parece a ninguna hora pasada con otro hombre, ni aún de igual talento", dice Jaloux.
Se cuenta cómo la poesía no fue en él la hora urgente en que el verso (o la prosa tensa como el verso) saltan del hombre como la chispa de la rueda, sino el día, la estación y el año.
Vivió dentro de la nube eléctrica de su poesía; y acercarse a él significaba efectivamente salir de una atmósfera y conocer mudanza evidente de elementos. Sin didáctica, purificada al amigo, por simple contacto.
Semejante amistad no puede volverse democrática. Rodin, hombre que gozó de muchas dichas, la tuvo también; Jaloux supo merecerla por su mente aseada de envidia y aludirá siempre a esta fortuna como quien voltea un diamante para sacarle luces inéditas cada vez.
Más de diez años vivió en París. Gustaba de la gran ciudad como del lugar del mundo en que es posible encontrar por las calles fisonomías de aquellas que sólo dan los sueños, y la amaba así, a la manera de Baudelaire, como productora de larvas que en otra parte cuesta cuajar. De su paso por España no se sabe nada. En el hombre reservado el sol no fundió nada.
Hombre de casta dirigente, debía optar por almirantazgo, capitanía, magistratura o cardenalato. Lo pusieron, pues, en una escuela de cadetes, de la que dijo palabras que convienen a la imbecilidad de muchas escuelas.
"¡Este sabotaje que se llama educación y que despoja al niño de sus propias riquezas para substituírselas con lugares comunes!".
Dejó un buen día a sus compañeros de uniforme y se fue a hacer estudios más propios de hombre en Alemania. Tuvo la flaqueza del libro de verso prematuro, de los 18 años, que recogió poco después honestamente. Comienza enseguida su pasión de viajar que le gastará la vida. ¿Dónde no estuvo Rilke? En Italia, en España, en Egipto y Marruecos, en Escandinavia, en Rusia, en París. El viaje, que generalmente barbariza, no le interrumpía ni le desordenaba la vida interior, que en cualquier tierra es la única realidad.
Si se queda clavado en la casa de sus mayores, hombre de semejante tortura interna, entregado a las fieras de la imaginación, habría caído en la amargura morbosa de Andreieff, del que algo tiene en la pasión del misterio angustioso. La cretona violenta del mundo, que él cortaba en sus trenes y sus barcos, mudándole imágenes, le libraba siquiera a medias de los demonios del cuarto cerrado.
Italia le dio la amistad con Eleonora Duse; pero Italia no fue el clima de su alma, como él lo creyó en un principio: había traído un alma nórdica y del norte le venía todo; el héroe de su obra maestra Malte Brigge, sería danés; llamará maestro a Jacobsen, el genio folklórico de Selma Lagerloff será una de sus admiraciones durables, y a Ellen Key dedicará sus Historias del Buen Dios. Esta dirá en el estudio de Rilke: "La tendencia del temperamento nórdico a la vida interior le atrajo por sobre todo".
Vasconcelos diría que la latinidad echada a perder ya no podía ofrecerle nada. Sin embargo, él escribió una vez que, entre poetas, él quería ser Francis Jammes. Alabanza del opuesto, del opuesto absoluto. El poeta casi botánico, especie de Pomona masculina, cargado de frutos no tiene agarradero posible para el espíritu de Rilke.
De su obra han hablado y siguen hablando los críticos. Jaloux asegura que su influencia sobre Francia apenas comienza y que durará largo tiempo. Yo sólo he querido decir algo de su vida, y mandar a El Mercurio, estas páginas de la Historias del buen Dios que aún no han sido traducidas al español. Para invitar a la lectura completa; para buscar amigos entre los nuestros al extraordinario varón que se llamó Rainer María Rilke, se manda esta menuda noticia suya.
Salón, octubre de 1927.
En: Prosa de Gabriela Mistral. Alfonso Calderón, comp. Santiago: Editorial Universitaria, 1989.
Ya se cerró el ojo de lo sobrenatural en lo natural de Rainer María Rilke. Su muerte ha desatado su traducción al francés, y mes a mes entregan las editoriales algún libro suyo. Más le hubiera valido darle antes la alegría de esta expansión en la lengua que él amó sobre la suya: la francesa. El no leyó en francés sino una selección de Les Cahiers de Malte Lauridis Brigge.
Aunque le importaba poco a este ultra aristócrata, amador de todas las tierras por donde ambuló, y desdeñador de las camarillas que hacen la fama como un objeto de caucho químico en cualquier tierra, él no habría mirado con indiferencia su mediana gloria francesa en 1927.
Todavía asoman, de tarde en tarde, en el mundo fétido de la literatura, algunos casos de amistad literaria genuina que se sitúan bajo el signo de las amistades próceres Carlyle-Emerson o Goethe-Eckermann. Su encuentro a un goce de planta rezagada de su estación. Porque eso también se va.
Rilke supo hacer en Francia dos amigos cabales en Edmond Jaloux y Paul Valéry. Jaloux pasa por desdeñador de la literatura francesa, a fuerza de ser el mejor crítico de las literaturas extranjeras; empieza a sufrir ataques de los "imperialistas de la lengua francesa". Lleva diez años de señalar con cita insistente a Rilke como el primer escritor de raza alemana de su tiempo, y acaba de publicar un folleto sobre él. Valéry ha correspondido a Rilke con admiración de sus traducciones en alemán.
Todavía huelen a gases asfixiantes los ambientes literarios francés y alemán, y los nuevos valores del otro lado del Rhin tienen que repechar, caminando hacia Francia, y no digo los franceses, para alcanzar Berlín.
Yo me quedo sin creer en el monopolio latino de la obra maestra, según el canon de Daudet. El Espíritu Santo ha tenido el buen gusto de no levantar residencia visible en ninguna de las capitales intelectuales de Europa xenófoba, y se muda en brinco desconcertante de Rusia a la India, a Inglaterra, a Francia y... a Estados Unidos
Rilke nació de familia noble en Praga, hacia 1875. Sus retratos y un buen busto suyo, nos dan un hombre enjuto, delgada flecha de la vida, de frente amplia, ceja dura que el párpado bajo suaviza, mejilla casi seca; boca viril, algo gruesa, el bigote mongólico, de no ser rubio. (El ojo, dicen, era claro y muy dulce).
El quiso dejarnos también, como La Rochefoucauld, su medalla un poco menos complacida, por cierto, que la del francés.
"En el arco de los ojos, la persistencia de la antigua nobleza. En la mirada, todavía, el miedo y el azul de la infancia; la humildad aquí y allá, no la del lacayo, sino la del servidor y la de la mujer. La boca, en la forma grande y precisa de boca, no persuasiva, pero expresando la rectitud. La frente sin maldad y voluntariosa, en la sombra de una cara inclinada en silencio".
"Como de la mujer", dice Rilke, sin temor de que la comparación le desminuya. Se le ha llamado el poeta del niño y de la mujer. Mejor que los sensuales nos entendió: ya se dijo que el que mucho se aproxima a un objeto deja de verlo. Para amar al niño le ayudó la memoria de su infancia. ¿No viene del olvido de ella el endurecimiento en que acabamos? Rilke se recuerda niño con una ternura maravillosa, y esto lo libró de la monstruosidad que es ser adulto entero, hombre o mujer absoluto, sin la franja de oro de ninguna puerilidad, sin una arenilla extraviada de los cinco años, en el corazón viejo.
Los pocos escritores a quienes se acercó y dejó que se le acercaran en París, recuerdan a un hombre de una distinción extraordinaria, con maneras de rey (si los reyes las tuvieran a su medida), con el espíritu verdaderamente derramado en su cuerpo y su gesto. Su amistad fue superior, difícil, como que en ella gastaba él la misma materia preciosa que en un capítulo o en una estrofa.
"Lo que significa una hora pasada con Rilke, como antes una pasada con Proust, no se parece a ninguna hora pasada con otro hombre, ni aún de igual talento", dice Jaloux.
Se cuenta cómo la poesía no fue en él la hora urgente en que el verso (o la prosa tensa como el verso) saltan del hombre como la chispa de la rueda, sino el día, la estación y el año.
Vivió dentro de la nube eléctrica de su poesía; y acercarse a él significaba efectivamente salir de una atmósfera y conocer mudanza evidente de elementos. Sin didáctica, purificada al amigo, por simple contacto.
Semejante amistad no puede volverse democrática. Rodin, hombre que gozó de muchas dichas, la tuvo también; Jaloux supo merecerla por su mente aseada de envidia y aludirá siempre a esta fortuna como quien voltea un diamante para sacarle luces inéditas cada vez.
Más de diez años vivió en París. Gustaba de la gran ciudad como del lugar del mundo en que es posible encontrar por las calles fisonomías de aquellas que sólo dan los sueños, y la amaba así, a la manera de Baudelaire, como productora de larvas que en otra parte cuesta cuajar. De su paso por España no se sabe nada. En el hombre reservado el sol no fundió nada.
Hombre de casta dirigente, debía optar por almirantazgo, capitanía, magistratura o cardenalato. Lo pusieron, pues, en una escuela de cadetes, de la que dijo palabras que convienen a la imbecilidad de muchas escuelas.
"¡Este sabotaje que se llama educación y que despoja al niño de sus propias riquezas para substituírselas con lugares comunes!".
Dejó un buen día a sus compañeros de uniforme y se fue a hacer estudios más propios de hombre en Alemania. Tuvo la flaqueza del libro de verso prematuro, de los 18 años, que recogió poco después honestamente. Comienza enseguida su pasión de viajar que le gastará la vida. ¿Dónde no estuvo Rilke? En Italia, en España, en Egipto y Marruecos, en Escandinavia, en Rusia, en París. El viaje, que generalmente barbariza, no le interrumpía ni le desordenaba la vida interior, que en cualquier tierra es la única realidad.
Si se queda clavado en la casa de sus mayores, hombre de semejante tortura interna, entregado a las fieras de la imaginación, habría caído en la amargura morbosa de Andreieff, del que algo tiene en la pasión del misterio angustioso. La cretona violenta del mundo, que él cortaba en sus trenes y sus barcos, mudándole imágenes, le libraba siquiera a medias de los demonios del cuarto cerrado.
Italia le dio la amistad con Eleonora Duse; pero Italia no fue el clima de su alma, como él lo creyó en un principio: había traído un alma nórdica y del norte le venía todo; el héroe de su obra maestra Malte Brigge, sería danés; llamará maestro a Jacobsen, el genio folklórico de Selma Lagerloff será una de sus admiraciones durables, y a Ellen Key dedicará sus Historias del Buen Dios. Esta dirá en el estudio de Rilke: "La tendencia del temperamento nórdico a la vida interior le atrajo por sobre todo".
Vasconcelos diría que la latinidad echada a perder ya no podía ofrecerle nada. Sin embargo, él escribió una vez que, entre poetas, él quería ser Francis Jammes. Alabanza del opuesto, del opuesto absoluto. El poeta casi botánico, especie de Pomona masculina, cargado de frutos no tiene agarradero posible para el espíritu de Rilke.
De su obra han hablado y siguen hablando los críticos. Jaloux asegura que su influencia sobre Francia apenas comienza y que durará largo tiempo. Yo sólo he querido decir algo de su vida, y mandar a El Mercurio, estas páginas de la Historias del buen Dios que aún no han sido traducidas al español. Para invitar a la lectura completa; para buscar amigos entre los nuestros al extraordinario varón que se llamó Rainer María Rilke, se manda esta menuda noticia suya.
Salón, octubre de 1927.
En: Prosa de Gabriela Mistral. Alfonso Calderón, comp. Santiago: Editorial Universitaria, 1989.
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lunes, 9 de mayo de 2011
Le Monde Diplomatique - Invitaciones a documentales
Tenemos el placer de invitarle esta semana a las siguientes actividades:
Martes 10 de mayo: documental LOS INVISIBLES
Documental sobre los migrantes que cruzan México y debate con
Amnistía Internacional. Participará Patricio Rojas coordinador del
Equipo Migrantes.
Martes 10 de mayo a las 18 horas en la librería Le Monde Diplomatique
San Antonio 434 local 14. (Entrada liberada)
Miércoles 11 de mayo:"Viva Zapata" de Elia Kazan
Miércoles 11 de mayo a las 18 horas en la librería Le Monde
Diplomatique San Antonio 434 local 14. (Entrada liberada) Invita Uabierta
Semana Cultural en Defensa de La Patagonia Chilena Sin Represas
Del 16 al 20 de mayo cada día a las 18 horas en la librería Le Monde
Diplomatique San Antonio 434 local 14. (Entrada liberada)
Canto y baile [Cuento), Manuel Rojas, Escritor Chileno
Canto y baile [Cuento), Manuel Rojas, Escritor Chileno
Los muebles de aquel salón de baile eran tapizados con brocato color rojo; rojo era también el papel que cubría las paredes y roja la alfombra que, después de orillar de encarnado las patas de las sillas y sillones, terminaba súbitamente ante el piano. En las ropas de las mujeres de aquel salón de baile predominaba igualmente el color rojo. Los espejos, cuatro grandes, colocados uno encima del piano,
otro al fondo, en la pared contraria a la que ocupaba el primero, y dos frente a frente en las paredes restantes, recogían y multiplicaban aquel tono como una sinfonía en rojo, tal vez si conscientemente organizada por la dueña de casa, que no ignoraría, ya que eso formaba parte de su conocimiento del negocio, que el color rojo influye en los nervios, excitando a los apacible y enloqueciendo a los irritables.
El piano, negro, alto, profundo, destacándose entre el rojo, semejaba un catafalco contrariado, constreñido, a pesar de su seriedad, a presenciar aquella orgía ultrarroja. A su lado había una mesilla vacilante con cubierta de lata, donde las mujeres acostumbraban a tamborilear con la palma de las manos para evitar el baile. Parecía una desordenada y pequeña murga al lado del piano.
El salón tenía forma rectangular; dos puertas se le abrían en un mismo muro. Los muebles de aquel salón de baile eran viejos; pero firmes, como hechos para soportar la caída de cuerpos vacilantes y cansados; únicamente su brocato rojo claudicaba ya, deshilachado y un poco desvaído, y los muelles, molestos por la presión de tantos años, se erguían amenazadores e hirsutos bajo la tela lustrosa. La alfombra, gastada por los millares de pies que habían bailado y zapateado sobre ella, mostraba algunos flecos rojizos.
Cuatro mesitas de color negro, que hacían, con su color, menos sensible la soledad obscura del piano, extendían sus cubiertas opacas en los espacios que quedaban libres entre los muebles.
De día el salón permanecía desierto y los grandes espejos, vacíos de imágenes móviles, se miraban entre sí, con ojos claros veteados de rojo, como personas que no tuvieran nada que hacer. El salón y sus muebles, el piano y las mesitas se multiplicaban en ellos a sus anchas.
Pero de noche... De noche las lunas claras se llenaban de imágenes, negras o blancas, que se movían dentro de ellas y a través de ellas como grandes peces en un estanque con algas rojas y negras, y a veces eran tantas las imágenes, que los cuatro espejos no bastaban para reflejarlas y retenerlas a todas.
Se llegaba al salón después de atravesar un estrecho y obscuro patio, en cuyo centro varios bambúes estiraban sus delgadas cañas verdes. A ambos lados del patio se abrían las puertas de los cuartos de las mujeres, cuartos que no estaban amoblados sino por una cama, un velador, una silla y un bacín de fierro enlozado.
La puerta de calle era maciza y ancha y una luz roja llameaba en lo alto de su ceño adusto. En una de sus hojas había una ventanilla enrejada, que servía para mirar desde dentro a los que desde fuera llamaban. Una gruesa tranca la atravesaba de lado a lado. Al entrar al zaguán se veía, a la izquierda, por el vano de una puerta que no estaba nunca cerrada, la habitación de la dueña de casa; un catre grande, bronceado, adornado de cintas y encajes, con sobrecama de seda roja y amplios almohadones, alzaba en el medio de esta habitación sus brillantes varillas.
El patio, de noche, estaba siempre obscuro y únicamente lo alumbraban de modo ambiguo los resplandores que salían por las puertas del salón de baile; al fondo estaba el depósito de los licores, dos o tres cuartuchos destinados a usos menores y una pared de escasa altura, límite último de la casa de canto y baile de doña María de los Santos.
***
A las ocho y media de la noche de aquel día sábado, empezaron a llegar, en hilera alternada, los parroquianos de la casa. Algunos venían en coche, baja la capota; cantaban y gritaban, golpeando las palmas y accionando violentamente; la obscura calle se llenaba con sus aullidos. Otros llegaban a pie, en grupos vacilantes. Golpeaban la maciza y sorda puerta, que devolvía un sonido opaco, como de tronco de árbol; se descorría la placa de hierro del ventanuco y una voz de vieja inquiría:
-¿Quién es?
Esta pregunta era nada más que una fórmula, pues fuera el que fuera con tal que no fuera policía, la puerta se abría en seguida. Contestaban todos a una y nada se entendía, pero el hecho de que no se entendiera nadie equivalía a una clara contestación. Se corría la tranca, se abría luego la puerta lentamente y los hombres se hundían en la obscura oquedad del zaguán. La puerta se cerraba despacio tras ellos.
Así fue absorbiendo la casa a sus parroquianos. Algunos salían poco después de haber entrado dando como excusa la excesiva cantidad de personas que llenaban el salón o la ausencia de la mujer que preferían.
Desde el zaguán se oía ya la algazara del salón, un ruido espeso de música, de zapateo, de gritos, de jaleo y de voces. La voz de la mujer que tocaba el piano y cantaba, la tocadora, se elevaba agudamente por encima del tumulto, con acento desgarrador; parecía que la maltrataban o la herían, arrancándole gritos de dolor: ¡Ay, ay, ay!
Si yo llorara...
El corazón, de pena,
se me secara.
El ritmo del baile era siempre el mismo; únicamente cambiaba la letra de sus coplas. Era un ritmo vivo e impetuoso, pero idéntico, que vibraba en el aire como una sola cuerda de un solo tono, saliendo después hacia el patio, envuelto entre los gritos y los zapateos y perdiéndose en los rincones. Un tamborileo claro y seco, hecho con los nudillos de los dedos sobre la caja de una guitarra, surgía en los espacios que dejaban vacíos el canto y la música. En ese tamborileo, alma verdadera del baile nacional, la cueca, que marcaba un ritmo monocorde y constante, estaba el encanto y la atracción de él. Algunas manos tocando sus palmas y otras sonando sobre la vacilante mesilla con cubierta de lata, ayudaban a animar el baile que sin tamborileo y sin palmadas habría cerrado sus alas, dejando caer al suelo, como un murciélago, su ritmo monocorde.
Bailaban los hombres con los ojos bajos, serios, como si cumplieran una obligación ineludible; únicamente en las vueltas, de pasada, mientras el hombre acariciaba a la mujer con su pañuelo arrugado, ambos se sonreían, como quienes están cometiendo a escondidas alguna picardía. Después, los pañuelos daban vueltas en el aire y la seriedad recomenzaba. El ritmo impetuoso parecía dominarlos, ciñéndolos a su voluntad, impidiéndoles pensar en otra cosa que no fuera su seguimiento. El mundo exterior desaparecía para ellos; estaban unidos, mientras duraba el baile, por una especie de compromiso contraído ante una persona que temieran. Muy pocos, casi ninguno, tenía en sus movimientos vivacidad y entusiasmo.
Pero el final del baile los libertaba y una explosión de gritos y aullidos surgía de sus gargantas, haciendo oscilar la araña de cuatro luces que pendía en el centro del salón y empañando los espejos con un vaho caliente. Las manos se extendían ávidamente hacia los grandes vasos llenos de vino, colocados encima de las mesillas negras. Algunos se vaciaban el licor en la garganta, no bebían; estaban dominados por el deseo de embriagarse pronto y perder la timidez y su cordura, timidez y cordura que les impedían desatar toda la puerilidad y locura que bullían en sus corazones. Pero poco a poco todo se iba andando, andando sin prisa y cerca de la media noche ya el salón era una reunión de posesos que se retorcían de embriaguez, bailaban a saltos, desdeñando el ritmo imperioso del baile, gritaban, reían a gritos, abrazándose, llorando. Con las ropas en desorden y mojadas de chorreaduras de licor, revueltas las apelmazadas cabelleras, los rostros congestionados, las narices anhelantes y las bocas llenas de una saliva clara que no podían controlar, rodaban al suelo, hipando. Las mujeres se los llevaban a sus cuartos, vacilantes, los ojos vidriosos, mudos como idiotas.
En medio de este derrumbe, una voluntad y un espíritu permanecían firmes: los de doña María de los Santos. Sentada junto al piano en una amplia silla de paja, desbordante de grasa y de trapos, contemplaba la barahúnda humana; ella no se entusiasmaba, ella no reía, ella no bebía, no hacía otra cosa que cobrar lo que se consumía. Sus ojos sin expresión controlaban el negocio; ni una gota de vino se bebía o se derramaba sin que hubiese sido religiosamente pagada. Su mano derecha bajaba y subía desde el brazo de la silla hasta el bolsillo de su delantal, que poco a poco se hinchaba como un sapo, lleno de dinero.
Así se iba la noche...
***
Después de medianoche, el salón se despejó bastante; cuatro horas de baile y de licor eran más que suficientes para derribar al más fuerte. Sin embargo, algunos, cuyas cabezas sin duda eran de fierro o de madera, persistían aún; pero no bailaban, bebían solamente, conversando entre ellos, tartajeando, riéndose y profiriendo tremendas palabras. Las mujeres habían sido olvidadas; ellos no venían por ellas, venían por beber, por embriagarse, y las utilizaban al principio como un medio de lograr su objeto. Hasta el baile era para ellos un pretexto para emborracharse. Sentadas, inclinaban ellas sus humildes cabezas, esperando una nueva remesa de hombres que vinieran a buscar allí su desequilibrio y su demencia alcohólica y a los cuales ayudarían en la tarea. Ese era su papel. No existían allí como mujeres, simplemente como mujeres, sino como medio de alcanzar esto o lo otro.
En la calle se oían gritos; los hombres que salían de la casa se quedaban parados al borde de la acera, embotados, sin conciencia alguna; permanecían así un instante, procurando darse cuenta del sitio y estado en que se encontraban, y cuando al fin se orientaban, desaparecían gritando en la noche. Otros peleaban, cayendo al suelo y sonando sordamente como sacos llenos de papas y de sandías.
Tres o cuatro dormían sobre los sofás del salón; inútiles fueron los gritos y los remezones induciéndolos a despertar y retirarse. Sus camaradas, aburridos, los habían abandonado y allí estaban, como si estuvieran fosilizados, pálidos, recorridos de improviso por largos escalofríos que les hacían rechinar los dientes.
La casa permaneció así, en silencio, durante largo rato. Las mujeres dormitaban; los borrachos, ahítos ya y callados, no hacían ademán alguno de retirarse; ahí estaban, sin saber por qué estaban allí, pues ya no sentían deseo de nada, ni de beber, ni de bailar, ni de hablar. Se miraban entre sí, dirigiéndose forzadas e inexplicables sonrisas. Pero de pronto, el obscuro patio se llenó de voces claras, firmes, alegres. La dueña de casa, que no bebía, ni bailaba, ni dormía, animó a las mujeres:
-Ya viene gente...
-Las mujeres, soñolientas y destempladas, se acercaron a la puerta. Una fila de individuos penetró al salón. Al verlos, la patrona se encogió de hombros y dijo:
-La que faltaba, la palomilla.
Era, en efecto, la palomilla, la terrible y peligrosa palomilla; pero no la formada por chiquillos vendedores de diarios, lustrabotas y raterillos, sino otra muy distinta: la palomilla cuchillera, la fina palomilla, que mariposea en la noche bajo la luz de los faroles suburbanos y desaparece al amanecer en los zaguanes de los conventillos, la palomilla que roba cuando tiene ocasión de hacerlo y mata cuando la dejan y cuando nadie la ve, y que, sin embargo, no es ladrona ni asesina de profesión, faltándole audacia para lo primero y valor para lo segundo, pues no es ni valiente ni audaz sino en la obscuridad y en la soledad de las callejuelas apartadas.
La dueña de casa tenía razón al no recibirlos con agrado; la palomilla no es generosa, puesto que es pobre de condición y miserable de espíritu; no es amable, puesto que es brutal; no es tranquila, puesto que es maleante. Gastaban poco y se divertían mucho, pero su diversión era fría como una daga y triste como una máscara.
Eran seis hombres y los seis iban vestidos de una manera desaliñada y pobre. Camisa sin cuello, gorra o sombrero, ropas lustrosas y deshilachadas; algunos calzaban zapatos gastados y rotos, otros llevaban alpargatas; varios no tenían chaleco.
Uno de ellos se acercó a la dueña de casa. Era un hombre como de veintiocho años, alto y delgado, con movimientos de autómata en todo su cuerpo; los brazos le colgaban fláccidamente de los enjutos hombros; tenía un rostro grande, huesudo, lampiño, de color mate, linfático, sin expresión, de labios finos y descoloridos, entre los cuales asomaban largos dientes verdosos. Todo él daba una fuerte impresión de frialdad, que hacía encogerse a las mujeres como ante una culebra. Se llamaba Atilio, apodado "El Maldito", es decir, el cuchillero sin valor.
-Buenas noches, misiá María -dijo, con una sonrisa que quería ser jovial-. ¿Cómo le va?
-No tan bien como a vos. ¿Qué andan haciendo por acá?
-Venimos a visitarla; a divertirnos un ratito.
-¡Pero no vayan a pelear!
-No, somos gente tranquila...
-Sí, muy tranquila. ¿Cuántas veces han estado presos esos que vienen contigo?
Atilio se encogió de hombros y mostró sus dientes verdosos:
-Las cosas de misiá María... ¡Siempre tan tandera!
-Sí, no ves que yo no los conozco. ¿Cuándo saliste en libertad?
-El miércoles. Fíjese que me estaban echando la culpa de la muerte del Negro Agustín. ¡Tanto tiempo que no lo veo!
-¡Tanto tiempo que no lo veo! El día antes que lo mataran estuvieron aquí con él.
-Je, je ¡Las cosas de misiá María!...
-Bueno, ¿van a tomar algo?
-Sí, unos diez vasitos de vino. Aquí está la plata.
Extendió la mano, mostrando en la palma de ella un arrugado y sucio billete de diez pesos; pero la dueña de casa vaciló en tomarlos. A pesar de su avaricia, era generosa con la palomilla, pero esta generosidad era solamente un cálculo; regalándoles un poco de licor, se irían en cuanto lo terminaran, y como lo que ella quería era que se fueran cuanto antes, raras veces les cobraba. Además, con ello hacía méritos para que no le robaran. Por fin dijo:
-No, no me pagues; les regalo los diez vasos.
-Muchas gracias, señora María; siempre tan generosa con los pobres.
-Pero no peleen ni se roban nada.
-¡Cómo se le ocurre! No somos gente tragediosa...
-¡Hum!
Volvió a empezar la música y el baile; bailaban los palomillas en parejas, animándose unos a otros con ásperos gritos y palmoteando las flacas manos, que sonaban como delgadas tablas. Bailaban gravemente, dramáticamente, con una expresión trágica en sus rostros demacrados; hacían la menor cantidad posible de movimientos y sus piernas parecían pegadas unas a otras, de tal modo eran lentos y breves sus pasos. Exigían que la letra de los cantos fueran tristes, que no hablaran de amores alegres, ni de esperanzas sencillas; cuando las tocadoras no les daban en el gusto, cantaban ellos, acompañándose del piano, con voz blanca, sin tono, versos que parecían escritos en la cárcel o en el hospital: ¡Mi vida!
Solicito un imposible,
por un imposible muero;
imposible es olvidar
el imposible que quiero...
¡Ay, ay, ay! Y los que bailaban, al zapatear silenciosamente sobre la alfombra, con movimientos arrastrados y sin moverse de un mismo lugar, parecían hacer un agujero en el suelo.
Poco a poco se fueron animando. Al terminar de bailar, bebían moderadamente, haciéndose guiños de inteligencia. No servían ni una gota a las mujeres; el licor era para los hombres. Y ellas bailaban sin ganas, por obligación y por temor. De aquellos hombres no se podía esperar amor, ni generosidad, ni siquiera amabilidad; pero, tampoco había que olvidarlos o desairarlos, porque se podía recibir de ellos algo más duro y para ellas más temibles: una bofetada o una puñalada.
***
Una hora larga haría que aquellos seis hombres estaban allí, cuando penetró al salón un nuevo grupo de individuos, la mayor parte de ellos vestidos de negro, decentemente. La dueña de casa, que conocía a cada uno y a todos sus parroquianos, comentó:
-¡Bah! Primero la palomilla y ahora los ladrones... Se juntó el hambre con las ganas de comer...
Se habían reunido las dos ramas últimas de la fauna santiaguina: los palomillas y los ladrones. Cuando éstos entraron, bailaban Atilio y uno de sus compañeros. Los recién llegados se agruparon en la puerta del salón, observando y comentando.
-Son malditos. Fíjate cómo bailan.
-Ese que baila, el más alto, es el maldito Atilio.
-He estado preso con él en el mismo calabozo.
-Cuchillero fino.
-Pega a la mala, por detrás y a la segura...
Los otros, por su parte, hacían lo mismo:
-Son ladrones.
-Ese chico de bigotes es Tobías, el maletero.
-Ese alto es el Cabro Armando, llavero.
-Andan tomando.
-Vámonos -insinuó uno.
-¿Por qué? -interrogó Atilio, que terminaba de bailar-. ¿Qué nos pueden hacer ellos que nosotros no les hagamos? Además, aquí se trata de divertirse y no de pelear. Sigamos bailando...
Al ver a los ladrones, las mujeres palmotearon de contento. Para ellas el ladrón es siempre más amable y más generoso que el palomilla; gasta cuanto tiene y quiere que todos se alegren junto a él. Las mujeres los conocían bien y fueron hacia ellos, olvidando a los otros. Pero la dueña de casa, que conocía muy bien el carácter de unos y otros, intervino:
-No dejen solos a los niños; hay que atender a todos.
Las mujeres se rebelaron:
-¡Qué, esos rotos! Ni las gracias le dan a una cuando terminan de bailar, ni un traguito le sirven. Palomilla y basta...
Los ladrones pidieron una considerable cantidad de licor y pagaron en el acto. La zalagarda empezó de nuevo, pero ahora estruendosamente, con ímpetu renovador; los ladrones bailaban y cantaban, gritando con aturdimiento, riendo, cortejando a las mujeres, bromeando entre ellos. Eran muy buenos camaradas que se divertían juntos durante un momento, sin importarles el momento siguiente, que para ellos era siempre desconocido.
Entretanto, los palomillas quedaron olvidados en un rincón, bebiendo en silencio y mirando a mujeres y hombres con ojos de rencor. Hicieron dos o tres tentativas para que las mujeres bailaran nuevamente con ellos, pero no lo consiguieron; contestaban:
-Estoy tan cansada.
-Otro ratito...
-Estoy comprometida.
Se daban aires de señoritas. El maldito Atilio, que recibió una contestación semejante, apretó los dientes y se puso más pálido; los labios se le pusieron más delgados. Murmuró:
-Bueno está...
-Y volviendo hacia su asiento, dijo a sus compañeros:
-Afírmense, ñatos, porque de aquí alguien va a salir para los mármoles de la Morgue.
Los demás, que no tenían el avezamiento y la destreza de su camarada, se pusieron nerviosos, palpando inconscientemente los mangos de sus cuchillas, esperando el instante de la riña. Éste no se hizo esperar. En un salón lleno de hombres y mujeres de esa calaña, no había de faltar. Una de las mujeres, al terminar de bailar y desorientada por el griterío y el baile, equivocó la mesa de los ladrones con la de los palomillas y tomó un vaso, bebiendo un trago de vino; pero apenas había realizado este último movimiento, advirtió su error y miró hacia los maleantes. Doce ojos la miraban fijamente. Quiso pedir disculpas, pero antes de que lograra pronunciar una palabra recibió un insulto y un empujón que la estrelló violentamente contra uno de los ladrones. Y el maldito Atilio, de pie junto a la mesa, le gritó:
-¿Tenemos cara de tontos nosotros o crees que venimos aquí a regalarte el vino? Miren que niña...
La mujer, furiosa, contestó:
-¡Palomilla, maldito!
-¿Y qué más me sacas? -preguntó Atilio con sorna.
-¡Cobarde!
-¿Y qué más?
Un insulto brutal rebotó contra el rostro de madera de Atilio y éste marchó impetuosamente contra la mujer, levantando el brazo. Pero en ese instante un hombre se interpuso entre los dos. Era un hombre de baja estatura, pero grueso y musculoso, lleno de vivacidad y resolución en sus movimientos; su rostro moreno lucía un bigotillo negro y rizoso; los ojos eran grandes y llenos de fuego. Un diente de oro le relumbraba en la sonrisa, haciéndola más viva. Era la antítesis del maldito Atilio, frío y estirado como una raíz marina. Detuvo al maldito poniéndole una mano en el pecho y haciéndole retroceder.
-¿Qué pasa? -preguntó éste, asombrado.
-¡Eso es lo que digo yo, señor! ¿Qué pasa? -contestó el otro- ¿Para qué tanta bulla por un poco de vino? Yo se lo devolveré si tanta falta le hace y tanto lo siente. Tome...
Fue hacia la mesa y cogiendo dos vasos llenos de vino los colocó en la mesa de Atilio.
-Ahí tiene su vino; no llore.
Atilio se encogió como un gusano al ser tocado:
-¿Y quién le mete a usted en lo que no le importa?
-Me meto porque soy capaz de meterme. ¿O cree que el único capaz aquí es usted? Psché, qué niñito...
El tono del ladrón era agresivo y duro. Los demás presenciaban la escena sin intervenir, sorprendidos, tan rápido era el desarrollo de ella y tan enérgico su contenido. Estaban separados los dos grupos de hombres, y las mujeres, al fondo del salón, arrumadas al piano, parecían una parvada de pollos asustados. La patrona salió hacia el patio y desde allí observaba los acontecimientos, pronta a llamar a la policía.
-Pero Atilio, agachado, con los hombros encogidos, estiraba los brazos y abría las manos en un gesto de sorpresa:
-Bueno, pues señor, ¿qué le digo yo? Así será, pues...
Pero el otro no se dejaba engañar.
-No, no se encoja de hombros. Si yo le conozco... En cuanto me dé vuelta usted se me va a echar encima; pero a mí no, hermanito. Si es brujo me va a pegar por detrás; si no, no.
-¿Y con qué le voy a pegar yo?
-¿Con qué me va a pegar? Con su cuchilla, que la tiene en la cintura o debajo del brazo... Sáquela, ¿qué espera?
-Cuchilla... ¿De dónde saco yo cuchilla?
-Bueno, basta... Sigamos bailando -intervino uno de los compañeros del ladrón.
-Bailemos -contestó él. La tocadora se sentó al piano y empezó a tocar desmañadamente, sin quitar los ojos del espejo; las mujeres se rehicieron y la dueña de casa volvió al salón. Le parecía que el asunto había terminado. Sin embargo...
Tobías, el ladrón, que no quitaba ojo de las manos del maldito, quiso probarlo y se dio vuelta, dándole la espalda, pero observándole por el espejo; Atilio, que no esperaba sino este movimiento para proceder a su modo, sin sospechar que era una trampa que se le tendía, levantó rápidamente la mano hacia la axila del brazo izquierdo; pero Tobías se dio vuelta y se lanzó contra él, sujetándole el brazo derecho.
-¡Qué va a hacer, señor, que va a hacer!
-¡Suélteme! -gritó el otro, forcejeando, rabioso por haber sido sorprendido.
-¡Suéltese usted solo, si es capaz!
Pero el maldito se esforzaba inútilmente por soltarse; el ladrón lo tenía sujeto con mano de hierro. Tobías era mucho más bajo de estatura que Atilio, siendo, en cambio, más fuerte; su rostro enrojeció con el esfuerzo, mientras que el de Atilio empalidecía. La dueña de casa volvió a salir al patio y se fue directamente a la puerta. El asunto ya no tenía arreglo; alguien iba a quedar tirado en el suelo. De pronto, haciendo un violento esfuerzo, el maldito logró deslizar un poco el brazo y su mano apareció empuñando una cuchilla. Uno de los palomillas, más nervioso o más decidido que los otros, se lanzó hacia Tobías, pero recibió un puñetazo que lo derribó sordamente sobre la alfombra. Y el agresor, saltando al medio del salón y sacando una daga, gritó:
-Ya, Tobías, suéltalo, que yo lo afirmo.
Sin soltar el brazo derecho de Atilio, el ladrón dio un puñetazo en el rostro de su contrincante, empujándolo, al mismo tiempo que lo soltaba; luego saltó hacia atrás y gritó:
-¡Pásamela!
Recibió el arma e hizo frente a Atilio que se le venía encima, parándolo con un movimiento de su daga. Las mujeres salieron gritando.
-¡Y ahora, compadre Atilio, encomiéndese a su madre, porque usted no le volverá a pegar a nadie a la mala! -gritó Tobías.
Atilio tuvo miedo. Tenía costumbre de manejar cuchilla, pero no en esa forma y frente a un hombre apasionado como aquel; sin embargo, el hecho era inevitable y si no hería y mataba pronto, sería él el herido o el muerto. Se recogió sobre sí mismo y ocultó su arma bajo el sombrero, mostrando solamente la punta de ella asomada bajo el ala.
Los demás se dispusieron a pelear igualmente. Con los dientes y los puños apretados se miraban con rabia, dirigiéndose preguntas breves y agresivas:
-¿Y qué, pues, y qué?
-¿Y qué?
-¡Sácala!
-Sácala vos primero...
Un brazo volteó en el aire y los espejos recogieron un reflejo metálico. Tobías sorteando la puñalada, avanzó resueltamente, acercándose a Atilio, y en el momento en que éste echaba el brazo hacia atrás, su mano estiró el brazo, lo recogió y lo volvió a estirar y las dos veces su arma encontró el cuerpo del maldito. Atilio se encogió, cayendo pesadamente al suelo. Más pálido y demacrado que nunca, sus ojos miraban hacia un punto lejano. Tobías gritó:
-Tan diablo y tan maldito que eres y por dos chuzacitos que te pegué ya te estás muriendo...
Se oyó una voz de mujer que gritaba:
-¡La policía!
Uno de los ladrones cogió una silla y dio un fuerte golpe a la araña; se apagaron las luces y en la obscuridad nadie supo lo que pasó.
Cuando la policía, precedida de la dueña de casa, entró al salón, encontró en el suelo al maldito Atilio que se desangraba copiosamente y en los sillones a tres borrachos que dormían a pierna suelta. Los demás habían desaparecido.
Así terminó, en la casa de doña María de los Santos, aquella noche de canto y baile.
domingo, 8 de mayo de 2011
Barrio Caupolicán
UNA VIDA DEDICADA A PRESERVAR LAS COSTUMBRES Y LA CULTURA NACIONAL
Llegaron el siglo pasado y hoy conforman una familia de especialistas en la recuperación, restauración y reparación de muebles antiguos. Se ubican en la calle Caupolicán, en la zona que algunos denominan "el patio trasero de Providencia" – que por nueva división territorial hoy es también Ñuñoa - porque en sus calles ya no se divisan las tradicionales casonas donde antaño vivió la aristocracia chilena, esa clase social de privilegios eternos que luego de unos años decidió alejarse por temor a los nuevos vecinos.
Se iniciaron como "busquillas" o recolectores de objetos en desuso, esos que con los años se acumulan en los rincones, bodegas y en patios abandonados por el olvido, pero que en manos de ellos siempre tienen sentido y pueden ser reutilizados.
Esta costumbre de los anticuarios de preservar y recuperar muebles antiguos lo traspasaron a sus hijos. Juntos se han perfeccionado en el oficio para ofrecer nuevos y mejores servicios. Saben que valor de sus creaciones está en sus manos y en el tiempo que le dedican a su trabajo. En el detalle minucioso que marca la diferencia y que representa el desafío permanente por obtener la máxima fidelidad ante la obra original.
La calidez del trato con sus clientes que los siguen por años es el tesoro que cuidan con celo. Por eso los restauradores se esfuerzan para complacerlos y aprecian el significado que tienen las obras heredadas de padres y abuelos. El respeto y la confianza en la palabra empeñada les ha permitido mantenerse vigentes, así también les proporciona grandes satisfacciones.
Durante la dictadura sintieron el peso de la recesión económica que se dejó caer con fuerza. Los clientes escaseaban y las ventas disminuyeron al mínimo, entonces resolvieron salir con todo a la calle. Así fue que en una decisión unánime vaciaron sus bodegas e instalaron todo en los frontis de sus negocios para demostrar que seguían vivos y que iban a seguir luchando.
En el tiempo arribaron nuevos vecinos con tiendas de diseño, galerías, talleres de arte y restaurantes, lo que amplía sus posibilidades de negocio. Sin duda una nueva oportunidad para los anticuarios de la calle Caupolicán, pero hoy, al igual que otros comerciantes se enfrentan a la amenaza de desaparecer "con la llegada del progreso".
Con la venia de los municipios la presencia de las inmobiliarias se ha convertido en un panorama cotidiano. Sin respeto por la cultura, las tradiciones y la arquitectura del barrio están cambiando el panorama. Compran a bajo precio las propiedades con el objetivo de desplazar a los restauradores, quienes porque corren el riesgo de ser removidos del sector.
Ante esta nueva realidad es fundamental que los vecinos tomen conciencia que detrás de estas empresas constructoras y del discurso modernizador de la comuna, se encubre la decisión de eliminar la historia de un sector que creció por la colaboración conjunta de todos los que por años han vivido en el Barrio Italia.
Son ellos quienes se han esforzado por mantener indeleble el recuerdo del pasado, por preservar la memoria de los objetos materiales que nos acercan a lo que somos como país, por guardar las evidencias que nos hablan de nuestra cultura y de lo que finalmente nos permite conservar la identidad de chilenos.
La invitación del Centro Cultural Cordillera es a visitarlos, conocer de sus productos y habilidades, solidarizar y acompañarlos el primer sábado de cada mes en la difusión y defensa de su lugar de trabajo. Ñuñoa y Providencia necesitan de estos espacios.
Si quieres saber más y/o contactarte con ellos, puedes llamar a Héctor Lamur – coordinador del sector - al F: 2472157, o, al 08-8822265, o visitarlo en Caupolicán 475. (quien también es directivo del Centro Cultural Cordillera).
Estación Caupolicán donde el tiempo se detiene.
sábado, 7 de mayo de 2011
Declaración ONGs Infancia "Estado chileno sigue aplicando Ley Antiterrorista a niños mapuche"
(Se agradece cobertura, difusión y/o publicación)
DECLARACIÓN PÚBLICA
Organizaciones de Derechos de la Niñez y Juventud ante
Deplorable Nueva Detención de Niño Mapuche
06de mayo de 2011
Desconociendo acuerdos y recomendaciones internacionales:
Estado chileno sigue aplicando la Ley Antiterrorista a niños mapuche
· Organizaciones rechazan la violenta detención del adolescente mapuche P.Q.M, de 17 años de la Comunidad Autónoma Temucuicui el pasado viernes 29 de abril, y su persecución por Ley Antiterrorista.
· Las organizaciones manifiestan su preocupación por la insistencia de la aplicación de la Ley Antiterrorista a personas menores de 18 años, e instan al Gobierno chileno a garantizar la integridad física y psicológica de P.Q.M. y todos los niños, niñas y adolescentes mapuche de las comunidades en movilización por la reivindicación de sus tierras ancestrales.
· Las ONGs recuerdan al Gobierno, que diversos organismos internacionales como El Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas y el Relator de la Niñez de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos CIDH, han reiterado su preocupación respecto a la situación de la niñez mapuche en Chile y criticado la aplicación de la Ley Antiterrorista a personas menores de 18 años.
La Fundación de Apoyo a la Niñez y sus Derechos ANIDE, y la Red de ONGs de Infancia y Juventud de Chile (ROIJ-Chile), manifestamos nuestro profundo rechazo a la violenta detención del adolescente mapuche P.Q.M., de 17 años de edad, miembro de la Comunidad Autónoma de Temucuicui, ocurrida el pasado viernes 29 de abril cerca de su hogar.
A media tarde del viernes 29, en un operativo realizado por Carabineros de Chile fue rodeado, golpeado, insultado y amenazado con armas de fuego, mientras circulaba por un camino cercano a su comunidad. Luego lo subieron a un vehículo policial y lo trasladaron a la segunda Comisaría de la ciudad de Collipulli, donde lo mantuvieron toda la noche en un calabozo.
"Yo estaba de espalda cuando me agarraron, no me di cuenta cuando ellos me rodearon, me pegaron con la mano en el cuello, me echaron para atrás, y no sé con qué me pegarían en la rodilla, y caí de rodillas y me tiraron de guata al suelo, con las manos arriba. Después me agarraron, no sé por qué me pegaron en las costillas, me agarraron el pelo con la cabeza pa' atrás (…) me seguían sacando la madre, y les dije que no me siguieran sacando la madre, les pedí por favor un poquito más de respeto y sean más profesional pa hacer su trabajo le dije (…). Y después me esposaron, me levantaron y llevaron a la camioneta, me agredieron y me subieron a una camioneta blanca y ahí me dijeron que me iban a leer los derechos, después que me hicieron todo. Ahí me dijeron que tenía derecho a guardar silencio, que no me iban a maltratar, (…) Lo único que me dijeron que yo tenía orden de detención", relató P.Q.M luego de la detención.
Al día siguiente, el sábado 30, fue trasladado al Juzgado de Garantía de Victoria para el control de detención y formalización por Ley Antiterrorista -norma criticada nacional e internacionalmente por no garantizar el debido proceso-, solicitando la fiscalía su privación de libertad preventiva. El tribunal de Victoria ordenó sólo el arresto domiciliario total. Sin embargo, el fiscal apeló a esta decisión ante la Corte de Apelaciones de Temuco, realizándose una audiencia el martes 03 de mayo, donde fue confirmado el arresto domiciliario total.
Las organizaciones de derechos de la niñez y juventud denunciamos la ilegal e ilegítima persecución que se evidencia en estos hechos contra P.Q.M., quien desde el año 2009 se ha visto obligado a vivir de manera clandestina debido a la persecución del Ministerio Público, que desconociendo leyes nacionales y convenios internacionales, insiste en imputarle delitos bajo la Ley Antiterrorista, por supuestos atentados en los que estaría vinculado, imputándole los delitos de incendio terrorista, asociación ilícita terrorista, robo con intimidación y homicidio frustrado terrorista.
Es impresentable que en un país que se dice democrático y con vigencia de un Estado de Derecho se persiga políticamente hasta a los niños mapuche, aplicándoles una legislación que no garantiza la protección de sus derechos ni el debido proceso. Esta violencia institucional y persecución tiene además profundas y graves consecuencias físicas y psicológicas, y la alteración de su normal desarrollo educativo y social. En el caso de P.Q.M, esto es evidente, ya que no ha podido continuar sus estudios y ha debido permanecer en la clandestinidad por más de un año y medio, lejos de su familia y sus amigos, expuesto a situaciones de alto riesgo y escasa seguridad.
Por esto, expresamos nuestra preocupación por el trato dado al niño mapuche, violando sus derechos, y sobre todo alertamos por la persecución que continúa perpetrando el Ministerio Público contra personas menores de 18 años mapuche bajo delitos tipificados por la Ley Antiterrorista, pese al actual consenso nacional de que esta norma no debe ser aplicada a niños, niñas y adolescentes menores de 18 años.
El pasado 25 de marzo fueron presentados en Audiencia Temática ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos CIDH, una cincuentena de casos de niños y niñas mapuche víctimas de la violencia policial, torturas y amenazas, y cinco casos de imputación por Ley Antiterrorista a personas menores de 18 años mapuche, entre estos casos fue presentado el de P.Q.M. quien se encontraba hasta esa fecha viviendo en la clandestinidad. En dicha ocasión, el propio Relator de la Niñez de la CIDH, Paulo Sérgio Pinheiro manifestó su preocupación por la situación de la niñez mapuche en Chile, criticando al Estado chileno sobre todo por la aplicación de la Ley Antiterrorista a personas menores de 18 años, y recordándole su incumplimiento de las recomendaciones del Comité de Derechos del Niño sobre la generación de un Ley de Protección Integral de la Niñez y la protección especial para los niños y niñas indígenas en Chile.
Desde el año 2008, la Ley Antiterrorista (Ley 18.314, ref. 20.467) ha sido invocada en 5 casos de personas menores de 18 años mapuche -quienes deberían ser juzgados por la Ley de Responsabilidad Adolescente (Ley 20.084).
Por otra parte, el Gobierno demuestra su poco compromiso no sólo con el pueblo mapuche, sino también con las recomendaciones de los organismos internacionales sobre la garantía de los derechos de niños, niñas y adolescentes, al no poner prioridad al trámite parlamentario que en estos momentos discute un proyecto de ley que garantizaría que la Ley Antiterrorista no sea aplicada a personas menores de 18 años. Este trámite se encuentra sin urgencia de ningún tipo, permitiendo que situaciones como esta sigan ocurriendo.
Por esto, instamos al Gobierno a que efectivamente garantice la protección de los derechos de niños, niñas y adolescentes mapuche, y detenga su persecución y la violencia ejercida en contra de ellos y ellas.
Red de ONGs de Infancia y Juventud de Chile ROIJ-Chile
06 de mayo de 2011
Contacto: 9 848 4658
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Pamela Sepúlveda R.
Periodista/ (56-9) 9-848 4658
Fundación Anide Pichikeche
http://www.libertadninos.wordpress.com/
