martes, 3 de agosto de 2010

Fwd: "De tal palo" Moravia Ochoa López Escritora de Panamà

 
ANTOLOGIA DE NARRATIVA EN EL TIEMPO
 
Edición Nº 769 Año XIV- del 30 de Julio al 05 de Agosto del 2010
 
"De tal palo" Moravia Ochoa López Escritora de Panamà
 
Sábado, 31 de Julio de 2010 20:39
 

De_tal_Palo_Imagen_TiempoDéjalo en paz, le dijo esa mañana, recién abiertos los ojos, al verla allí, toda despeinada, el cuerpo encogido, mirando el camino que llevaba a la casa. Los codos sobre el soporte de la ventana, aún en camisón de saraza, mírate esas ojeras, se te adivina que no dormiste nada, muchacha, estas desvelada, cierto? Como si lo viera, y ahora qué harás?, será como siempre, las disputas, los gritos de Miguel, tu lloriqueo, las ofensas interminables entre ustedes, este padecimiento no hay quien lo aguante, ya estoy por irme pero me da miedo lo que pueda pasar,

déjalo en paz, mujer,    si llega no reclames, no chilles, no  rezongues, no digas nada, mira que si alza las manos y te toca vuelves a desmayarte como aquel día, válgame Dios, si te pega, si te da un mal golpe qué vamos a hacer? Un mal momento siempre hay que evitarlo, a mí  gracias a Dios nadie me alzó la mano jamás. Madre de mis amores, no sé  lo que habría pasado si eso sucede, tú sabías que la vida con él sería así, yo soy su madre y te lo advertí, hijo de gato…no es que yo hablara mal del hijo de mis entrañas pero sé que tú no habrías entendido su forma de ser y de querer, siempre fue como su padre, bien lo sé, pero yo a su padre lo acepté  como era, no intenté cambiarlo, y él  pasaba mujeres a mi lado por así decirlo y yo me hacía la inocente, y guardaba silencio y seguía en el hogar como si nada, haciendo los oficios, hasta que él se cansaba y de pronto una noche cualquiera me volvía a mirar y yo sin decir nada lo aceptaba, y entendía que era su forma de  pedir perdón esa suavidad con que rozaba mi cara y sus manos  acariciando este cuerpo por encima de la sábana hasta que ocurría todo lo demás. Así eran las lunas de miel con él, miles, y él sabía que yo estaba por encima de la Teresa , de la Fidelina , De Celsa, de la Juana María , por ese detalle que él tanto apreciaba, mi silencio, mi discreto reproche. Yo a él nada le reclamaba,  y él  me hacía sentir su reina, yo tenía mi forma de ser una especial mujer. Era distinta. Yo lo hice a mi modo y él me hizo al modo de él. Respiraba su aire, yo nada reclamaba. Ese es el secreto: saber ser mujer. No era sumisa, no, pero era la  esposa, amiga, amante, la madre de sus hijos. Aguantadora, eso era.  Adriana, por favor quiere callarse? Dijo la muchacha sin voltearse, todavía de espaldas. La suegra,  mientras tanto, arreglaba la cama, doblaba sábanas y hasta había prendido el reverbero para el café de las mañanas. Buscaba una toalla. En silencio, entró al baño. Un par de lágrimas cayó detrás de los espejuelos, no te lo he dicho, muchacha, te conté acaso que él me daba salivazos, golpeaba    las paredes con su cabeza,  amenazaba con cortarme el rostro, cosas que una no cuenta, rompía libros, rosarios, vasos, puertas, Rosaura, y una noche tiró la vajilla al suelo y los vidrios  saltaron por las paredes y  así la vida, en silenciosa guerra pasaba. He mentido  mucho para  que esa humillación no caiga sobre los hijos, pero así era él, y así pasará contigo porque de todos los muchachos, éste es el que más se le parece, ay Rosaura, y nada puedo decir de esas viejas historias del padre. No todas. A ti menos que a nadie porque  abandonarías al hijo o quizás no, quizás serías como yo. Adriana desnudó su cuerpo viejo y  abrió la llave del agua. La nuera seguía en el marco de la ventana, en la espera tonta, loca, inútil, peligrosa. Era un baño pequeño.   Vio que el espejo arriba del inodoro estaba empañado. Atrás quedaron los días y los años en que soñara tener una hermosa casa, un baño lindo como los que veía en las revistas. El agua seguía cayendo sobre el cansado cuerpo, sobre el cabello largo, gris. Y entonces escuchó la discusión afuera, en la sala, voces que iban  subiendo, palabras que iban surgiendo sin sentido, y  sintió miedo,  se apresuró a salir, Dios mío, líbrame de  los violentos, que la paz  sea en esta casa, cubre con tu manto sagrado a estos tus hijos.

Descalza aún se vio a sí misma salir del baño y pudo oír la mano ruda golpeando  una, dos, tres veces sobre la frágil  piel  de la joven mujer.  Rosaura ,¿era Rosaura?, tirada sobre el piso, tenía una mancha rosácea en uno de los pómulos, la nariz sangraba, el  hombre no se detuvo y  estirando una de las piernas la golpeó en las caderas una y otra vez. Estaba ebrio el hombre. La madre dijo quieres café?,    por decir, tratando de parar la ordalía, así que me ocultabas todo esto, Rosaura, era Rosaura o soy yo? Cuánto se me parece, pensó. No se atrevió a acercarse. Rosaura  o la que fuera, en silencio lloraba. Por sus rodillas un hilo rojo, sangre,  corría desorbitado. Se estremeció.

Ves lo que hiciste, dijo otra mujer que llegó justo a tiempo para verlo todo, mientras el hombre, su hijo, cogía camino hacia la calle. Vamos al médico, hija, musitó la mujer pero ya ambas sabían que no había nada que hacer, que la espera de nueve meses no se daría, que el hijo de Rosaura,¿era Rosaura? no nacería. Perdóname, murmuró  la recién llegada,  de mil modos te lo advertía,  mientras iba limpiando con una toalla  la sangre que salía por la nariz de Rosaura, o Rosa, Raquela, Rafaela. En realidad, encogida, Rosaura o la que fuera, su vivo retrato,  se quejaba de dolores más grandes, el vientre  y las caderas dolían como si se hubieran roto, y de allí, lo sintió, salió el bultito que había aprendido a querer en esos pocos meses. Adriana volvió en sí, detuvo la memoria de esos años, y espantada gritó Rosaura!, Rosaura, no te dejes, y entendió que los pensamientos habían volado al pasado en vértigo espantoso. Fue entonces cuando la mujer joven dejó el marco de la ventana y asustada corrió hacia esa voz que con desesperación la había llamado dos veces. ¿Qué pasa, Adriana?  Miró a  la suegra, justo cuando  ésta se levantaba del  miedo, cuando volvía del pasado al que había ido sin querer. No pasa nada, susurró, y si algo pasó, hace ya tanto tiempo. Promete  que lo dejarás, mira   que la violencia se aprende pero también se hereda. No tientes al destino, promete que lo dejarás.


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Luis E. Aguilera
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Sociedad de Escritores de Chile
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